El anhelo más profundo de la naturaleza humana probablemente sea el deseo de ser importante

Elogiar al prójimo es un acto de caridad que causa alegría. Dios ha moldeado el corazón del hombre con una necesidad de alabanza y con el temor al desprecio. Incluso quienes obran el bien sin pensar en recibir elogios, se alegran con ellos, porque significan que alguien advierte y reconoce sus buenas intenciones, sus esfuerzos y sus logros. No hay nadie que se sienta tan seguro de sí mismo siempre ni hasta tal punto que no necesite nunca una palabra de alabanza, una palmada en la espalda o un comentario amable. El simple hecho de que te digan de corazón que estás haciendo un buen trabajo te anima a hacerlo aún mejor. El reconocimiento más insignificante puede tener un efecto confortador. El anhelo más profundo de la naturaleza humana probablemente sea el deseo de ser importante. A todo el mundo le agradan los cumplidos. A todo el mundo le gusta que lo valoren. Este deseo nos anima a llevar a cabo las cosas más difíciles.El hombre suele quejarse cuando algo no es de su gusto, y no decir nada ante lo que le agrada. Alimentamos los cuerpos de nuestros hijos y amigos, pero ¿cuántas veces alimentamos su autoestima demostrándoles cordialmente el aprecio que ansían? La finalidad del elogio es ser una fuerza constructiva en el reino de Dios en la tierra, que conduzca a muchas almas a la felicidad eterna y al celo apostólico. La alabanza alienta; el silencio desalienta. Muchos no han avanzado o se han rendido en el camino hacia la santidad porque a nadie le pareció conveniente manifestarles el reconocimiento elogioso de sus primeros esfuerzos y éxitos.A quienes poseen un carácter superficial el elogio puede hacerles vanidosos e indolentes. Cuando alabes a alguien, ten un objetivo concreto, no sea que el otro se emperece y se duerma en los laureles. La actitud de san Pablo no era la de esas personas que jamás elogian a nadie. «Os alabo porque en todo os acordáis de mí, y mantenéis las tradiciones como os las transmití». El defecto de ser parco en elogios puede proceder de una forma de apatía: no te tomas ningún interés por los progresos y los triunfos del prójimo, ni te alegras con los que se alegran. Quizá sean unos celos terribles los que te impiden mostrar tu reconocimiento cuando alguien se lo merece, o bien una falta de conocimiento del corazón humano que te lleva a suponer que los demás cumplen con su deber sin esfuerzo ni dificultades, por lo que no necesitan ningún estímulo. Con tu indiferencia te privas del placer de recompensar la labor de otro. ¿Qué pasará si también Dios guarda silencio en ese instante en que albergas la esperanza de oír de sus labios su bendición elogiosa: «Muy bien, siervo bueno y fiel… entra en la alegría de tu Señor»?No sabes cuál será la consecuencia conc

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